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Hablando de Barcala

 

recuerdossobre

 

Ay Barcala Barcala Barcala...
¡Ay Santo Barcala!
Ay Barcala Barcala Barcala...

 

FIGURO A BARCALA pastor de los murmullos de las noches y de los días... Luminosa experiencia totalizadora del «Dios también está entre los pucheros» de Teresa de Ávila: aire cordial, irrenunciable rostro de la domus familiar.

Gris, González, Barcala... tres pies para un mismo banco humilde áureo soleado fraternal limpio necesario.

 A mediados del siglo XIII Li-Po escribió estos versos que muy bien podrían ser la propia tarjeta de visita o tal vez el real retrato de Barcala.

 «Paso la noche en el templo de la cumbre. Levanto la mano y palpo las estrellas, más no me atrevo a hablar en voz alta: temo molestar a los moradores del cielo»

 

ANTÓN LAMAZARES
a 17 de agosto de 1995


La personalidad artística de Washington Barcala disfruta en España, lugar de su última residencia, de la más alta consideración crítica.  En mi estimación es, sin duda, uno de los artistas más extraordinariamente austeros en sus modos de lenguaje y de mayor originalidad que me cupo conocer en los últimos tiempos.  Y no solamente por el comportamiento éstructural y constructivo de su obra, pura recreación de esencias expresivas, sino a la par por la honda meditación que ella supone.  No es una obra sencilla de ver ni fácil de entender ésta de Washington Barcala y, sin embargo, brota de toda ella una tan singular atracción, una tan acusada seducción, que impone sobre cualquiera de sus figuraciones la sagacidad penetrante de su pensamiento, su vitalidad, su poética, su fascinación.  No es un arte críptico, misterioso, el de Washington Barcala, pero sí un arte de extrema delectación, un arte reposado en su cubrimiento y hondo y siempre inquieto en sus consideraciones reflexivas, en donde el orden, la precisión armoniosa de las partes, la cuidadosa armonía de sus arquitecturas, la extremada desnudez, en tantos momentos mínima, de su inventiva, sus contrapuntos, encuentran acomodo en la sugestión y tensión con que esta obra de Washington Barcala -por tantas razones de rango artistocrático- descubre a nuestra atención su garra, su ternura, su humildad: categorías no siempre familiares en el arte de nuestra cultura.  Y todo este mundo de recreación instrumentado con los elementos más simples y la sintaxis más elemental: figuras que la tradición alienta y en la que la más sustancial novedad se explica.

Ésta es, a grandes rasgos, la autoridad creativa de Washington Barcala y la pujante vitalidad de su ideario, de tan personal y significativo carácter.

JOSÉ DE CASTRO ARINES

1995


WASHINGTON BARCALA.  Un gran amigo que se fue.  Hacía mucho tiempo que yo no sabía de él.  Me preguntaba: ¿estará en Uruguay?  Un día recibí una llamada suya desde Madrid, me decía que quería verme y así sucedió, él y su compañera vinieron al día siguiente a Vigo, a mi casa para comer juntos.  Los esperamos llenos de alegría, sonó el timbre y, tan pronto como aparecieron, me encontré con un Barcala un tanto decaído, no era el que yo había conocido, mostraba una enorme cicatriz en la cabeza, le pregunté si se había llevado un golpe, él me respondió: -Me operaron de un pequeño tumor. ¿Pero te encuentras bien? -Sí, me estoy recuperando.  Después le pregunté por el ambiente de Madrid y me dijo que había hecho una exposición y que le había ido bien, y así pasó la tarde charlando de la vida, de los pintores y de sus inquietudes.  Barcala era un hombre inquieto, siempre ameno, lleno de vida y humanidad.

Hablamos de hacer una exposición aquí, en Galicia, lo que él aceptó, en eso quedamos.  Fue una pena que nos quedáramos sin verla y que los amantes del arte de Galicia no pudieran gozar de su pintura.  Barcala era como un San Francisco, amante de lo sencillo y de lo humilde. Él, con unos cuantos objetos tirados en el suelo, trozos de madera, raíces o cartones abandonados, nos daba un mundo rico, de formas sorprendentes que nos producían el placer de la ensoñación y de la magia compositiva.  Se fue Barcala, pero su espíritu sigue flotando entre nosotros, dejándonos el sabor exquisito de un trabajo inolvidable.

LAXEIRO
Vigo, julio de 1995


NORMALMENTE CUANDO almuerzo en casa termino con una pequeña duermevela televisiva que me relaja mucho y sobre todo le presta al día un seguro centro de gravedad.  Fue el momento en que me Regó la voz. de Washington Barcala por el teléfono.  Yo había tenido con él una leve amistad basada en encuentros en inauguraciones de exposiciones y poco más; siempre nos prometíamos llamadas y visitas que no tuvieron lugar, creo que los dos eramos tímidos y perezosos.  Su obra me parecía muy buena y en un cierto momento, a través de los buenos oficios de Elvira González, ambos convinimos en intercambiar una obra, cosa que según he conocido recientemente han hecho otros muchos artistas.  Era un delicioso secreto a voces: ese extraño pintor uruguayo era un gran artista, un tierno poeta de mínimos y pobres restos de nuestra sociedad (como esas aves que van juntando en su nido heteróclitos detritus recogidos por doquier).

Washington me telefoneaba para despedirse de mí, regresaba a Montevideo.  Pronto comprendí que regresaba definitivamente.  Pasé de repente de mi modorra a una atención extrema: aquellas palabras normales y rituales de los adioses me llegaban envueltas en un tono profundo, dramático y enloquecedor.  Yo sabía de su enfermedad y de la operación a la que había sido sometido y su despedida la estaba comprendiendo perfectamente bien: Barcala se estaba despidiendo de mí, así de radicalmente, pues volvía a Montevideo definitivamente para morir.  En ese momento sentí una enorme piedad y un gran cariño por él: tuve acceso de pronto al Barcala total que quedará para el resto en la memoria de mis sentimientos: ese hombre casi angelical, tan prudente y cariñoso, tan leve (como su misma obra), tan fiel seguidor de su destino de pobreza asumida e irremediable, tan en el otro lado de la realidad de donde nos Regaba su sonrisa bajo los bigotes a lo farwest.

También comprendí que con esa despedida Barcala estaba consagrando nuestra leve amistad y elevándola al nivel de definitiva y consolidada.

Gracias querido Barcala, con esa misma amistad consagrada por la muerte, yo te recuerdo.

LUIS GORDILLO
Julio, 1995


WASHINGTON BARCAIA, LA PRESENCIA DE LAS COSAS LEVES. Las grandes obras de arte no necesariamente, ni siempre, son las obras grandes.  Aunque muchos artistas y promotores se empeñen en lo contrario, las obras. de gran tamaño no son, por definición las mejores.  Eugenio D'Ors decía: «nunca se sabe lo que hay dentro de un minué».  Se quedó corto el bueno de Xenius.  Como nos demuestra el amigo Christo que, cuando nos acortine la ciudad entera de Berlín (emoción: cientos de quilómetros de telatelón, cientos de millones de dólares de coste) hará caer en trance al mundo de la noticia... Pero algunos observadores inteligentes y algunos observadores independientes nos quedaremos tan tranquilos.

Esto que apunto es mí pequeño homenaje a Barcala: un apartamento modesto con un espacio modesto para el trabajo.  María Elena, una mujer abnegada.  Ningún lujo de espacio.  Lujo de tiempo e inteligencia.  Una gran obra; obra importante.

¿Cómo se entiende esto en las prescripciones, Opciones habituales?  No se entiende.  Pero lo hace evidente lo que estás contemplando.

Vi por primera vez los cuadros de Barcala en la galería Ruiz-Castillo.  Me captaron inmediatamente.  Estructura, ligereza, color.  Había algo fundamental: concepto y manualidad.  Posteriormente conocí al autor.

Asistí puntual a todas sus exposiciones.

Visité su casa y lugar de trabajo varias veces.

Fuimos amigos varios años.
Desgraciadamente pocos.

Tengo un cuadro de Barcala delante.  En él hay algo muy profundo: referencias culturales, referencias visuales, referencias táctiles.  Sientes la necesidad de tocar esa materia variada: las cañas, la tela pintada, el papel, los textos, todo ese mundo tan ordenado (todo está en su sitio) y tan expresivo.

Con su vida acabada, y siendo tan poco reconocido, Barcala es un artista importante que pervivirá en su obra.  Está en mi lista de los injustamente ignorados, poco valorados, pero que tienen su peso específico.  Son los que algunos llaman «los raros».  Admirables.

Barcala, desde la distancia te manifiesto mi admiración, con mi fuerte abrazo.  Recíbelos.

GERARDO RUEDA
Madrid, julio de 1995


W.B. «TODOS NOS INVENTAMOS UN SENA».
Los pespuntes de hilo negro sobre un trozo de tela blanca, atrapan al papel encontrado entre ante y Recoletos y dibujan las confidencias en claves íntimas para comunicarse con Montevideo.

La carta leída y releída cada mañana aguarda a la próxima aún por llegar.

La espera se solapa con la obsesión secreta por las matemáticas y la austeridad profesada sin alarde, organiza arquitecturas solemnes de maderas humildes.

El solitario constructor de signos imperceptibles, recauda trozos y recompone poemas.

Madrid en otoño.  Y por fin el encuentro esperado.  María Elena se une a los paseos acostumbrados y al andar noble del pintor.

Un nudo negro, incontrolado, invadió las traseras del ojo asomándose cauteloso a la mirada de atrás.  Perseguía bailando los blancos del papel y al cerrar los ojos seguía su imparable ascenso y descenso, su ir y venir, en el espacio diseñado para la memoria.

El intruso tomó posesión, organizó su estrategia contra la vida y el amor, nos afanó la amistad pero no pudo con las sutiles arquitecturas del pintor que inventó un Sena en Recoletos.

JOSÉ LUIS FAJARDO
Madrid, septiembre 1995


A WASHINGTON BARCALA.-Con trocitos de tela blanca como capas de plumón, varillas de madera de balsa, pequeños cordeles, cintas, hilos, laminillas de cartón.  Con ternura, levedad, mesura, rigor, limpieza, dulce lentitud y elegancia en el vuelo, Barcala ha realizado una obra de extraordinaria calidad sin que casi nadie se haya enterado.  Ha pasado de puntillas con su sonrisa, hilvanando círculos, cuadraditos y triángulos de hilo negro, proyectando un modelismo imposible de veleros de jardín.

Mientras el gallinero del arte se enardecía con las habituales ingeniosidades y truculencias, ha pasado un ángel.  Nos ha dejado un agridulce sabor de buena poesía y tristeza.  Seria hermoso que a veces el gran arte gustara de ocultarse con ese pudor... si no hubiera víctimas.  Pero al fin los trocitos de tela se destiñeron de amarillo como sus fotos, fechas y recuerdos.  

Lucio MUÑOZ
Agosto 1995


A WASHINGTON BARCAIA lo que le importaba no era llegar a la forma, sino formar.  El principio importa en la medida en que es necesario.  El fin no importa, no existe.

La fragilidad es continua.  Su obra es frágil.  Los materiales son frágiles: varillas de madera, papel, tela, hilo.  El hilo es un elemento que une partes pero nunca de forma definitiva; y une frágilmente.

En su obra no hay definición ni finalidad, sí una fluida Normalización.  Una dialéctica continua entre construcción y destrucción.  Washington Barcala nunca acababa sus obras.

Repito, quiero destacar estas dos ideas ante la obra de Barcala: fragilidad e indefinición.

Su autoexigencia crítica era inmensa.  Destruía todo lo reconocible.  Necesitaba, por tanto, situarse en un terreno «desconocido».  Allí formaba.  Siempre sin acabar.  Siempre sin unir definitivamente.  Todo estaba en posibilidad de romperse muy fácilmente y, de hecho, ocurría.

En el camino no importa llegar a un lugar, importa caminar.  Luigi Nono va más lejos aún, diciendo: «hay que caminar... soñando».  Washington Barcala hacía eso, cuando iba de un sitio a otro lo importante era caminar para poder soñar.

La vida en su esencia es frágil e indefinida. En apariencia es definitorio y sólida.

Washington Barcala me enseña a través de su obra a fortalecer la fragilidad y a ir más allá de la definición.  Su contenido es vital y, por tanto, mortal.

Cuando vida y muerte se confunden es porque los elementos que posibilitaban su diferencia se han vuelto tan frágiles e indefinidos que desaparecen.


NACHO ANGULO


Documental de W. Barcala

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